Ortega y Somoza: ¿Acaso se parecen?

Ortega y Somoza: ¿Acaso se parecen?

No hay palabras para explicar el macabro parecido que existe entre Daniel Ortega y Anastasio Somoza. Hoy, el terror propagado por el abuso del poder estatal invade a Nicaragua. Al respecto, Axel Preuss-Kuhne, trae dos importantes reflexiones publicadas en el sitio web del periódico Le Monde: Nicaragua : le vrai visage de Daniel Ortega (publicado el 21 de agosto de 2018) y Nicaragua : à Managua, peur sur une ville déchirée (publicado el 17 de agosto de 2018).

 

Qué ironía: Ortega recuerda el retrato de Somoza

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Imagen cortesía de Jorge Mejía peralta en Flickr.com

 

Durante cuatro meses, el presidente Daniel Ortega ha ofrecido un espectáculo de una cruel ironía: Ortega, un ex revolucionario pone en acción métodos represivos que recuerdan a los días oscuros de la dictadura de Anastasio Somoza, dictador que él mismo ayudó a derrocar en 1979.

Enfrentado a la peor crisis política que el pequeño país de Centroamérica ha conocido desde 1990, el ex revolucionario se aferra al poder, a los 72 años de edad, respaldado por su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo. La represión ya ha causado la muerte de cientos de personas e incontables desapariciones. Los opositores y los estudiantes son perseguidos, encarcelados, torturados. El clero católico, que critica los métodos del presidente Ortega, es perseguido. Los infames escuadrones de la muerte reaparecieron en otra forma, la de los “turbas”, grupos paramilitares de motociclistas, armados, que difundieron el terror durante las manifestaciones.

Lo que comenzó como una protesta contra la seguridad social y la reforma de las pensiones se convirtió en un levantamiento político. Los nicaragüenses todavía eran miles el pasado 18 de agosto, para marchar por las calles de Managua y pedir detener la represión, la liberación de presos políticos, la salida del presidente y las elecciones anticipadas. La represión permitió al gobierno recuperar el control de las ciudades y las principales arterias, que fueron escenario de escenas de guerrilla urbana. El miedo ha llevado a muchos opositores a huir. Se estima que 23.000 personas han huido a la vecina Costa Rica. Pero en Costa Rica han sido  mal recibidos: cientos de costarricenses que agitaban cruces gamadas protestaron el 18 de agosto en San José contra la llegada masiva de nicaragüenses que huían de la miseria del segundo país más pobre de América después de Haití.

No parece existir ninguna salida a la crisis. El proceso de “diálogo nacional” que comenzó a mediados de mayo se ha esfumado. La conferencia episcopal, que participó, propuso adelantar las elecciones en marzo de 2019, pidiéndole a Daniel Ortega, que ya tiene un total de once años en el poder, que no se represente a sí mismo. Pero Ortega dijo que quiere completar su mandato actual en 2021. En julio, la Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó una resolución que llama a elecciones anticipadas. Washington, la Unión Europea y el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, se unieron a estas peticiones. Nada ayuda. Daniel Ortega y su esposa no dan señales de querer renunciar a su poder y prefieren denunciar el eterno “imperialismo estadounidense”.

El viejo ex revolucionario estaría equivocado, sin embargo, al creerse tan irreductible como Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela en crisis. Con la excepción de este último y del boliviano Evo Morales, la izquierda latinoamericana no se deja engañar. En Colombia, el ex candidato presidencial de izquierda Gustavo Petro dejó en claro en Twitter: “En Venezuela, como en Nicaragua, no hay socialismo, hay una retórica izquierdista del siglo XX para cubrir una oligarquía que roba al Estado, una minoría que gobierna por sí misma y viola los derechos de la mayoría”. Durante cuatro meses, Daniel Ortega ha demostrado su verdadera cara. Incluso sus antiguos aliados en la revolución sandinista se volvieron contra él. Ha llegado el momento de que Ortega le de un último servicio a su país: el de dejar el poder.

 

Pero en Nicaragua no todo es oposición

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Imagen cortesía de Jorge Mejía peralta en Flickr.com

 

En las alturas de Managua, sofocado por un sol ardiente, hay un lugar donde se alberga un búnker y un campamento atrincherado. El laberinto de calles estrechas que conducen a la prisión de El Chipote hace que sea difícil el acceso. No se puede visitar el antiguo centro de tortura del dictador Anastasio Somoza, derrocado en 1979 por las tropas sandinistas del actual presidente Daniel Ortega. Así lo señala el grupo de milicianos del gobierno que se para frente a la puerta de entrada del edificio.

Atados a las puertas, hay unos veinte retratos de hombres y mujeres, policías en uniforme en su mayor parte. “Estas son las personas muertas asesinadas por los terroristas”, dijo Cristina -de 30 años de edad-, luciendo gafas negras y portando el megáfono del grupo. Los “terroristas” son los opositores que se manifiestan en las calles del país, de acuerdo con la terminología oficial del partido gobernante, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). La joven dice: “Secuaces estadounidenses, pagados por traficantes de drogas”.

 

El rostro de los vencidos

La represión hizo su trabajo. Más abajo de El Chipote, a la sombra de una casa con una fachada deteriorada, una madre está esperando en silencio las noticias de su hijo. Fue embarcado por la policía el día después de una protesta hace más de una semana. Luego transferido a El Chipote.

La madre no dará su nombre ni los detalles del arresto  de su hijo por temor a represalias. Sólo esto: “Los milicianos están allí para evitar que las familias se reúnan frente a las puertas… Dicen que todavía están torturando en El Chipote”.